Érase una vez el perdón – Cuento corto

Érase una vez un grupo de personas que se rebeló contra las faltas de amor que no recibieron y que tampoco podían darse a sí mismos en la infancia.

Se rebelaron contra los juicios despectivos y moralistas que otros lanzaban sobre sus cuerpos marcados por esas carencias de afecto —“gordo”, “flaca”, “obeso”, “bulímica”—.

Contra las acciones de castigo ejercidas por no cumplir con los estereotipos de peso o belleza ideal —“usted no puede pasar”, “esto no está hecho para usted”, “opérese”, “nadie lo va a querer”, “¿por qué existe?”—.

Contra el odio que les fue infundado y aprendido —“no soy suficiente”, “no merezco amor”, “algo está mal en mí”, “debería desaparecer”.

Su primer acto de desobediencia fue perdonarse. Comprendieron que, en aquel tiempo de desamor, eran niños o jóvenes que no contaban con la fuerza para repeler ni poner en su lugar a los adultos que, en vez de protegerlos y cuidarlos, los atacaron o violentaron.

El segundo acto de insubordinación fue perdonar a sus victimarios. ¡No olvidar! Perdonar. Porque entendieron la ignorancia del otro: víctimas trágicas de sus propios odios y carencias no resueltas.

Su tercer acto de resistencia fue entender que no eran un cuerpo, sino que tenían un cuerpo. Un cuerpo sujeto a una historia. Y esa historia, lejos de ser fija, estaba en permanente transformación. Una historia que podían habitar, transformar y narrar desde la responsabilidad.

Ahora, ya adultos, se erigieron dignos y amorosos, y dijeron: “¡No más! Somos posibles, somos dignos de amarnos a nosotros mismos, de ser amados y de entregar amor”. Y así lo hicieron.

Cuentan que quienes los escucharon tuvieron la oportunidad de despertar a una nueva conciencia. Y el mundo, lentamente, siguió cambiando.


Otras publicaciones